Gracias y adiós

Heart

“No puedo parar de llorar…”. Las palabras hacían eco en su cabeza, una y otra vez mientras se repetían ininterrumpidamente. Él caminaba despacio, con alguna carga en su saco azul. Cuán pesada es esa carga! Si tan solo ella supiera que toda su vida está ahora inundada por su llanto!

Se desplazaba sin rumbo, hacia un lugar que alguna vez conoció y que ya no recuerda como alcanzar, hacia el lago que tantas veces ha visto en sueños, que tantas veces ha visitado su alma. A la orilla del camino esos viejos conocidos, esos viejos enemigos, esos retratos de sí mismo que tanto lo atormentan. Las dudas, los miedos. Su familia, los estereotipos, ella misma… todos estaban allí, viéndolo pasar, dificultando su paso.

¿Pero qué puede hacer él? No es su culpa si esos sentimientos no son compatibles… un amor infinito no cabe en el mismo universo que otro amor infinito. No es su culpa, ni de ella, es solamente reglamentación universal… matemáticas de la vida. Miles de pensamientos recorren esa red inmensa de neuronas, la mayoría muertas a causa del alcohol, las drogas, y las preocupaciones que generan en él el tratar de ser normal, el tratar de arreglarse y cumplir con lo solicitado. Todo en vano… excepto el alcohol y las drogas, obviamente.

Lento, a paso inseguro. Así se mueve, como quien no quiere llegar, como quien rinde el camino a ver si alguna eventualidad lo detiene, a ver si, como en otras oportunidades, las dudas lo convencen de que no está seguro, o la monotonía le habla al oído y le dice “te va a hacer falta”, o si ella misma lo coge por el hombro y se desnuda frente a él con los brazos abiertos.

Pero esta vez no, esta vez su saco azul de siempre, ese que reutiliza cada vez que este camino retrocede bajo sus pies; esta vez está más pesado, sabe que lleva consigo lo necesario… solamente que no quiere que así sea. Es necesario, como necesaria es la muerte y la soledad. Pero ya es sabido desde siempre que él no tiene el valor necesario, tan necesario como el miedo en sí.

Se acerca, lo sabe. Ya huele a eso tan particular y a la vez diferente que no sabe que es… huele como a ruptura, a tristeza, a libertad… huele mal en fin. Él lo nota y desacelera aún más. Pero cuál es el punto? No tiene sentido postergar más lo inevitable… es una muerte lenta. Pero es sabido desde siempre que él es un masoquista, ni modo.

Finalmente llega al lago, negro, oscuro, de aguas espesas cual petróleo. “Una vez más nos encontramos, viejo amigo”. Esta vez el lago no habló, pues sabía de su dolor y lo respetó, como los amigos respetan el dolor ajeno. No era la primera vez ni sería la última, él ya sabía que hacer.

Tomó el saco azul y trató de tirarlo al lago, pero su piel estaba pegada a él. Se estiraba como queso derretido. Todo su pecho, chicloso ahora, se reventaba en mil pedazos, en finas hebras cada vez más largas… hasta q logró despegarlo de sí, no sin antes notar que ha perdido su corazón, quedó pegado al saco azul.

Y fue así como, con el dolor del alma (pues no tenía corazón), tiró el saco azul conteniendo esa relación que tantas alegrías le dio. El lago de la soledad, ese lago oscuro de la libertad se encargará de quemar todo aspecto de ella y él. Ella y él existirán, sólo que ya nunca más juntos, el lago destruye todo lo que cae en sus aguas.

Y fue así como cerró este capítulo de alegrías pasadas y dolor presente en su vida. Fue así como perdió su corazón, se lo llevó esta relación, estos años con ella. Su sonrisa y sus ojos… su aliento por Dios… son sólo espejismos ahora y de nuevo ella ha sido tan especial y tan perfecta, que muy consideradamente le ha robado sus sentimientos, le robó su corazón, para que así él no pueda sentir el dolor de esta ruptura.

Gracias y adiós.

Janc’z

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