El viejo sabio
“Acércate” le dijo, desde las sombras de su taller, el viejo sabio a Jeremías, una vez que sin siquiera voltear lo vio (presintió?) parado en el umbral.
Jeremías era un niño curioso por naturaleza, y su intención era desde un inicio entrar. Una vez aprobada esta posibilidad, adentrose en el aposento del viejo, dispuesto a saciar sus ganas de conocimiento. Decidido a ponerse al frente el reto de aprender, para utilizar su cabeza para algo más que su pequeño sombrero de marinero (cómo odiaba ese sombrero!!! Pero su madre creía que era lo mejor que un niño de 10 años podía usar).
“Hola” dijo el pequeño “quisiera hacerle una pregunta señor”.
“Las preguntas son buenas, pero no sé si tanto como las historias. Ven, te contaré una.
Fue hace unos 150 años que esto ocurrió, en un pequeño pueblo al sur de algún pueblo europeo” prosiguió el viejo, encendiendo un par de velas al tiempo que pronunciaba las palabras y al tiempo también en que, en una banca cercana Jeremías se sentaba emocionado.
Al verse la habitación iluminada, el niño observó como este señor de avanzada edad, de pelo blanco largo y barba también larga, también blanca; tenía todo tipo de artilugios y esculturas de madera y metal sobre varios estantes alrededor del taller. El piso se encontraba sucio por descuido y olía como a algo que lleva varios años guardado en el mismo lugar. Debe ser el viejo, pensó Jeremías.
“Una pequeña niña vivía en este pueblo, junto a su familia” continuó el viejo, obviando al pequeño que parecía no prestar atención, pues miraba de un lado para otro en completo asombro. “Y esta niña, que debía tener más o menos tu edad, se pasaba los días ayudando a su madre en las tareas hogareñas, las tardes jugando y las noches… ahhh… las noches eran la mejor parte.
De noche, luego de cenar, la pequeña niña subía a sus aposentos a mirar las estrellas desde su ventana. Esas estrellas siempre tan lindas, brillantes y misteriosas. Mismas estrellas a las que siempre pedía que la llevaran con ellas. No era que fuera infeliz con su familia, ni que no disfrutara de los buenos juegos con sus amigos. Era sólo que algo faltaba… ella sabía que había algo más allá afuera y sabía que lo obtendría si seguía pidiéndolo a las estrellas.
Muchos años pasaron y las estrellas, arrogantes y egoístas, nunca prestaron atención a las plegarias de la niña. Mas ella insistía noche tras noche, hasta que una de tantas luego de acostarse en la cama, oyó algo y al voltear hacia la ventana todo pasó muy deprisa, no tuvo tiempo de reaccionar. Se sintió como flotando, a miles de kilómetros por hora, sus cabellos moviéndose al ritmo del viento que cantaba en sus orejas. Luego de unos segundos que a ella le parecieron horas, años quizá, finalmente llegó.
Y la niña se sintió feliz ante lo que vio, por fin su sueño se había realizado. No había sabido que era lo que buscaba, pero definitivamente al verlo, supo que eso era todo lo que quería. Definitivamente estaba en casa.
Y la niña vivió feliz para siempre, al lado de todas las cosas que siempre deseó. Agradeció a las estrellas por este inmenso favor y ellas a su vez, la amaron incondicionalmente por siempre jamás.”
El viejo nada más dejó de hablar y siguió afilando un pequeño palo de madera que tenía entre las manos. El niño extrañado ante esta conducta preguntó “Pero… a dónde llegó ella? Qué era lo que buscaba?”.
El viejo se sonrió, como sabiendo que la pregunta iba a llegar tarde o temprano. Es inteligente –pensó- otros han durado más en preguntar. Algunos nunca lo hacen.
“Mira Jeremías, yo tengo un taller en donde hago pequeñas esculturas. Soy sólo un viejo, no sé nada de niñas ni de plegarias a las estrellas. Por qué me preguntas estas cosas?”
“Entonces por qué me cuenta esta historia?” demandó el niño, ya un poco ofuscado.
“Por la pregunta que me venías a hacer. Ya no recuerdas el motivo por el que viniste?”
“Sí, claro que sí! Vine, porque… aaahhh… ya entendí!!” Casi gritó el niño ante la emoción y el puño de adrenalina que movió su cuerpo, cuando por fin entendió que el cuento era la respuesta a su pregunta. “Pero, como sabías cuál era la pregunta si nunca la dije?”
“Aún así de viejo, aún con mi barba larga y blanca, así de cansado y jorobado; igual alguna vez fui niño también. Y parte de la sabiduría se aprende con la experiencia de los años, pero la mayoría consiste en nunca olvidar lo que una vez fuimos y lo que aprendimos en ese entonces” le explicó el viejo.
El niño sonrió, el viejo correspondió. El niño se marchó, el viejo se quedó afilando el palo de madera, todavía con la piel plegada en su rostro. Las velas se apagan, mas en el fondo del taller brilla una estrella.
Janc’z
3 comments so far
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Un placer leer este blog, Felicidades!!!
Excelente el blog!!!
Janc’z valla inspiración